Aunque todos reconozcamos que comer 75kg de carne por año es parte de una dieta desequilibrada, esa es la demanda que existe y poco se ha hecho para corregirla.
No es casual que antes de que estallara una vez más, en los medios, el tema del aumento del precio de la carne, nuestra Presidenta hiciera chistes para promocionar el consumo del cerdo, y más allá de las formas, estos chistes llegan tarde, pretendiendo, otra vez, poner parches ante la ausencia de una verdadera política de Estado.
Una seguidilla de decisiones erráticas, que la mayoría recordamos y que comenzaron con el alza del peso de la faena a fines de 2005; el cierre de las exportaciones de carnes en marzo de 2006; la creación del Registro de Operadores de Exportación y las trabas burocráticas producto de la politización de la ONCCA; las interferencias al Mercado de Liniers, el control de precios; en definitiva la falta de reglas claras y de previsibilidad desincentivaron la inversión en ganadería, corriendo al campo aún más hacia la sojización.
Recorriendo el interior de la Provincia de Buenos Aires, pude conversar con consumidores, carniceros, productores, y la conclusión es que en la mesa de los argentinos la carne se está convirtiendo en un bien de lujo.
Las amas de casa se ven obligadas a eliminarla o sustituirla (aunque con el aumento generalizado de precios es difícil elegir el producto que la reemplace), y no por la dieta sino porque no puedan pagarla.
La explicación es sencilla, la oferta es menor a la demanda, el escaso stock de animales que hay en el mercado producto de la liquidación del año pasado, fundamentalmente de vientres.
Las ventas bajaron el 40%, y si bien los precios pueden reacomodarse un poco ante la baja de la demanda, si no hay animales en los campos no podemos inventarlos.
Desde el PRO venimos hace años proponiendo un Plan Ganadero integral, que contempla entre otras cosas un programa de incentivos para la retención de vientres; la producción de animales más pesados; el aumento del destete y la mejora de pasturas; la comercialización por trozado; la diferenciación entre cortes populares y de exportación; la promoción del consumo de sustitutos; la liberación de las exportaciones y la restructuración de la ONCCA y el SENASA.
No se trata de recetas mágicas impracticables, sino de una política ganadera que encuentra su evidencia más cercana en vecinos como Brasil, que hace treinta años atrás tenía 60 millones de cabezas y hoy tiene 175 millones.
Sólo reconocer los problemas hace que podamos encontrarles una solución, si el Gobierno sigue negando la realidad la ganadería no tiene esperanza.